¡Cuánto le hubiese gustado a «Picadillo» formar parte del jurado del concurso de tapas que lleva su nombre!

 

Manuel María Puga y Parga («Picadillo»)

castelao - ¡Cuánto le hubiese gustado a «Picadillo» formar parte del jurado del concurso de tapas que lleva su nombre!

 

El Ayuntamiento coruñés celebra anualmente un concurso de tapas que, bajo la denominación de “Picadillo”, involucra a los locales de hostelería para que opten a la mejor “tapa tradicional” y “tapa creativa”, además de realizar talleres de cocina para niños con el sello “Pequepincho”. Con motivo de su décimo primera edición, que tendrá lugar en septiembre de 2014, queremos rendir un modesto homenaje al gurú de la cocina tradicional española del siglo XX.

Manuel María Puga y Parga («Manolo» para los amigos) nació en Santiago de Compostela, donde estudió Derecho, aunque vivió a caballo entre Madrid y A Coruña. «Picadillo» es el pseudónimo con el que comenzó a escribir en el periódico El Noroeste, y cuyo calado ha llegado a nuestros días.

Su característica más destacable era, sin duda, su obesidad; pero no una cualquiera, sino una —excesiva— que le llevó a sobrepasar de largo los doscientos kilos de peso. Este rasgo distintivo dio pie a numerosas anécdotas, como la que hizo fracasar el espectáculo que llegó a la ciudad herculina con un alemán que presumía de ser el hombre más gordo del mundo:

  • La gente acudió a verle al barracón donde se exhibía. Pero salió frustrado, mohíno: Manolo Puga era más gordo, y podía vérsele en la calle, sin telones ni bambalinas, magnífico, espléndido, de balde.

«Picadillo» era un hombre bonachón, cordial, con gran sentido del humor, pero también moderno, inquieto, curioso y polifacético. Su vena de escritor costumbrista le hizo cosechar grandes éxitos, tanto que su libro La cocina práctica era regalo imprescindible de todas las madres a cada hija que se casaba.

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Entre guisos y potajes, encontraba hueco para un toque humorístico y numerosas historias paralelas, personajes del rural gallego y anécdotas biográficas; siempre, eso sí, relacionados con la comida.

Alcanzado ya el éxito literario, entró en política. Y lo hizo con sus mejores armas, tanto que escribió un panfleto destinado a recaderas y placeras para que —ya que ellas todavía no tenían derecho a voto— intercediesen por él ante padres, maridos, hijos y cuanto varón tuviesen cerca. Simpático, cercano y archiconocido, como no podía ser de otro modo, se convirtió primero en concejal y después en alcalde de A Coruña.

Con poco más de cuarenta años, una gripe se lo llevó, pero ¡incluso en el momento de su muerte fue un hombre excesivo!, en especial para los porteadores que tuvieron que bajarlo de su casa de la calle de La Franja…

Bien se merecía «Manolo» que, casi un siglo después de su muerte, otro alcalde coruñés decidiera ponerle su nombre a un concurso de tapas.

¡Cuánto le hubiese gustado formar parte del jurado!

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